viernes, 1 de octubre de 2021

Cuentos de Camino. SRP 2021

 

 

Buscando la esperanza de una existencia bonita…
 
    Ya vamos llegando, un poco más y llegamos,… detrás de la cuestica está la casa. Esta la tierra donde nací y donde siempre quiero venir. Donde deje mis sueños, esos que todos tenemos de jóvenes y que los compartí con  su madre. Esos de tener la tierrita, de sembrarla y criarlos a ustedes.

    Salimos temprano de Ejido, a golpe de diez de la mañana. De ahí se sale pa` los pueblos del Sur, de ese pueblito Viejo que mi padre no olvida y que tanto recuerda. Ese pedazo de tierra donde dejó sus querencias y que parece que lo llama, que lo convoca a sus páramos, a sus barbechos donde el trigo  de su infancia lo vieron crecer y partir a otros lares.

    Desde muy temprano, los carros que van pa` la Aldea esperan a los viajeros a las puertas del mercado. Ahí van apilando la carga, los sacos repletos de azúcar, de harina, de confitería para los negocios, de loza, de eso que por allá no se hace y que los dueños de los carros llevan por encargo, llenando con éstos cada espacio. Hasta en el techo y el parachoque van prensadas las maletas, los bultos, las bombonas de gas o hasta cualquier animal; gallinas, pavos o chivos que le pidieron por encargo.

    A veces uno tiene que ir encima de los bultos, de la carga e incluso,  en ocasiones…, de ida o vuelta…, le  toca a uno ayudar a llevar un pollo o cualquier paquete. Así vamos o venimos y… ese olor a tierra que nos deja el camino o el de la mercancía que le llena a uno todo el cuerpo. Esto es más, cuando uno viene del pueblo y los otros traen café o queso ahumado. Todo lo agarra uno, la ropa se llena de ese aroma… Total, lo importante es irse para el pueblo. Y así viene o va uno amorochado, montado sobre la carga, pegando la cabeza con el techo del carro y escuchando las canciones de Antonio Aguilar por esas carreteras empolvadas y empinadas que le dan la sensación de que el carro se va a voltear en los desfiladeros.
 
    Ya de camino, los que vamos, los viajeros y el  mismo chofer nos tratamos como familia, como si hubiéramos vivido juntos por algún tiempo.  

        Pa` llegar, son como cuatro o cinco horas de camino para la Aldea, sin parar, claro si todos vamos pa`l mismo sitio…, que no siempre es así. Pues el carro va llevando o dejando a cada viajero en un lugar distinto y por eso el tiempo se hace más largo.

Así fue hoy, ya paramos cuatro veces y faltamos nosotros que somos los que venimos por quedarnos.

    Primero fue donde la viejita Sista.  Jaaa…, que señora tan conversona, primero  su rosario y después todo el cuento de sus gallinas  y los chivos que comieron su hortaliza…, nos trajo tan entretenidos y divertidos mientras subíamos que uno no se duerme o aburre porque todos  dicen o cuentan algo pa` pasar el susto del camino.

    Tardamos bastante cuando la dejamos y fue que Sista se empeñó en brindarnos café a todos. Ya venía con la pena que se le botó el café en el carro. Si… el que traía en el termo pa` brindarnos con la arepa. Si... de camino nos dio arepas que había traído de avió pa`l camino, pero faltó el café que al salto de  las ruedas del carro en una curva salió del termo al rodar entre las piernas y los bultos.

    Recuerdo que dijo cuando la dejamos.

    No se van a ir sin el café…  Y así fue... Mientras  bajaban las maletas de Sista, ella corrió sobre el patio empolvado a la cocina, al fogón y sacó una tinaja humeante y unos pocillos de peltre azulados y desconchados.

    Tomen Café, dijo, eso a mí nunca me falta en el fogón. Y después se van… Recuerdo que nos dijo a todos… Cuando quieran vengan y se quedan y así me acompañan y  así hablamos… que por acá  no hay mucho con quien hablar.

    Después dejamos a Marcelo, el señor de las gallinas, el que cría pollos criollos pa` vender en Ejido. Por eso traía esas gallinas, ahí con la patas amarradas y que de cuando en cuando aleteaban como queriendo librarse de estar  en esa caja huequeada,  ahí sobre los bultos.  Recuerdo que dijo…
    
    Déjeme allá donde están los burros,… y ahí bajo a las gallinas y el maíz.

    Tienen que salir para bajar la carga, son esos dos bultos sobre los que ustedes van montados. Dijo…. Viendo a mi padre y a mí…. Bájense y así estiran el cuerpo y me ayudan a subir la carga a los burros que ya están tostados de sol, de tanto esperarme, parece que los dejaron desde temprano.
    
    Lugo seguimos, dejando atrás al arriero con sus bestias y gallinas. Más arriba se quedaron dos más, la muchacha de los dulces, esa, la que no paró de comer dulce en todo el camino, la que no decía nada, que se reía mucho con los cuentos de las gallinas se Sista. Y el otro que se quedó fue el señor de las tazas, el que trae platos pa` vender y que venía medio rasca’ o, el que preguntaba y preguntaba una y otra vez por lo que decían.

    Prepárese que ya llegamos,… Dijo mi padre… Es ahí, donde están los estantillos,   donde se ve ese maíz quemado por el frío y el sol, más allacito está la casa  del compadre,  ahí nos vamos a quedar… prepárese…
 
    Y ahí bajamos, con las maletas, con el viejo cuatro de mi padre, su violín y su botella de callejonero, ese licor que tanto le gusta y que había comprado antes de salir de Ejido. Mientras veníamos nos brindó a todos, nos decía, un trago hace falta, nos da valor para emprender el camino y se le quita el miedo a uno pa` hablar.

    Hasta luego primos, dijo José, el chofer y vayan por la casa y nos visitan, así nos coordinamos pa`l retorno.

    Maletas al hombro, nuestros pasos fueron a dar allá… donde vive el compadre, ese pedazo de  tierra donde mi padre y mi madre nacieron y que juntos sembraron y soñaron.

    Y llegamos ahí… a ese corredor de los recuerdos, donde descansa la vida cada atardecer, donde  nace cada mañana, donde se seca el grano, el alimento del alma y del espíritu. Donde los sueños descansan en el silencio de los viejos aleros.

    Y ahí nos sentamos a contarnos las tristeza, las alegrías y en definitiva, donde nos sentamos a ver la tierra que nos dio la vida, la casa que nos cobijó y el camino que silencioso y triste guarda nuestra pasos esperando que estos se renueven, el día que nuestra existencia retorne a la tierra de siempre, a esta tierra que nos vio nacer.

    Y aquí nos quedamos viéndonos, pensándonos, escuchando a lo lejos las viejas campanas de la aldea.  

    Sólo el silencio se rompió cuando escuché decir a mi padre…
     

    No hay como la tierra de uno, esa que se nos metió en la sangre, en los huesos y que ya no olvidamos…, mientras templaba las cuerdas del violín para entonar   las canciones de siempre, de aquellas que en ese pueblo, en esa tierra quedaron untadas o grabadas en cada rincón donde sus pasos transitaron buscando la esperanza de una existencia bonita…




Silvino R.P. 2021

 
 

   


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Sentarse a escribir la propia historia o escuchar la historia de los viejitos, de nuestros padres o abuelos, es una terapia que toda persona...